Cuando
la noche toma posesión de su reino sin distinguir dentro y
fuera, antes y después, realidad y quimera, se escucha el
rugido de aflicción de Polifemo. Un

grito bronco, profundo y
largo, tan dolorido como amenazante. El gigante se ha transformado en
una fiera que brama y lanza zarpazos al aire. Incapaz de contener su
furor, golpea los peñascos con los puños
cerrados, arranca árboles y los arroja por los precipicios.
Las alimañas se esconden en lo más
recóndito de sus guaridas. La tierra se estremece.

Ajena a la violencia que se avecina, la ninfa Galatea emerge del mar.
Se regocija unos instantes en la espuma con que las olas la obsequian y
ordena a sus tritones que la conduzcan hasta la orilla donde la espera
Acis. Hace unos días que las flechas de Eros la han
alcanzado en pleno corazón y lo ha perdido. Ahora es de
Acis, un hombre hermoso y deslumbrante como el nácar de las
conchas marinas. Sus ojos de color miel la atraen como a una abeja, sus
brazos prometen vigor y dulzura y la ninfa arde en deseos de probar su
boca. Él sale a su encuentro y la toma de la mano. Se miran
y miran a su alrededor. La playa está solitaria bajo el sol
del mediodía y, a corta distancia, unas rocas se agrupan en
forma de media luna y ofrecen sombra a un lecho arenoso. Ese va a ser
su tálamo nupcial.
El único ojo de Polifemo gira y gira enloquecido.
Saltando
de peña en peña, el gigante recorre la costa en
busca de los amantes. Calas, rocas, bahías, cuevas, nada
escapa a su escrutinio. Su furor es creciente. Él mismo lo
alimenta con ideas feroces cuando siente que el cansancio lo aplaca.
Por fin, cerca del atardecer, los descubre. En su delirio piensa que
Acis le está robando los besos que eran para él,
las caricias que le pertenecían. Galatea es suya y solo
suya, nadie se la arrebatará. Coge entonces una de las rocas
que les daba cobijo y la levanta por encima de su cabeza antes de
proferir un espantoso grito. Galatea y Acis se ponen en pie de un
salto. Apenas tienen tiempo de reaccionar al peligro. Corren hacia el
agua, pero ya Polifemo ha lanzado la roca contra Acis y éste
sucumbe aplastado por ella.
De noche Polifemo aúlla como las fieras
acorraladas. Galatea
finge no oírlo. No siente compasión por
él y ésta es la única manera que tiene
de castigarlo. Cuando el gigante mató a Acis, ella, deshecha
en llanto, le preguntó a gritos por qué. Y cuando
le contestó que estaba enamorado de ella, la ninfa se
abrazó al cadáver de su amante y
respondió a su asesino: tú nunca me has amado.
Tomado del Blog de
Isabel
Barceló