Júpiter
decretó el matrimonio de
Venus, la más hermosa de las diosas, con
Vulcano, dios de la fragua, el más feo de entre todo el consejo
celestial. La obligatoria unión fue todo menos feliz, pues Venus nunca mostró
afecto por su deforme consorte y, en vez de serle fiel, lo abandonó
públicamente, declarando que haría lo que le viniese en gana.

Su primer capricho fue
Marte, el bien parecido dios de la guerra, el
cual no tardó en corresponder al amor de la bella diosa, y fueron
muchos los dulces y secretos encuentros que mantuvieron. Temeroso de
que algún dios los descubriera juntos, Marte colocaba siempre a su
asistente
Alectrión como vigía, ordenándole que le informase de
cualquiera que se acercase, tomando especial cuidado en informarles del
comienzo del día, pues los amantes tenían un especial interés en evitar
que
Apolo pudiera presenciar sus caricias de despedida.
Todo transcurrió de acuerdo con su deseo, hasta que una noche el
desafortunado Alectrión cayó dormido, tan profundamente que ni siquiera
se dio cuenta del momento en el que
Aurora abrió las puertas del Este,
saliendo Apolo para recibir los melódicos saludos de los habitantes
plumados del bosque.
El dios Sol condujo con celeridad, mirando a izquierda y derecha,
tomando nota de todo aquello que veía. Nada escapaba a su brillante y
penetrante mirada, pues relampagueaba de acá para allá, y pronto se
percató del vigía dormido y de los amantes. Tan pronto como sus veloces
corceles pudieron llevarle, Apolo se dirigió a Vu1cano, contándole todo
aquello que habían visto sus ojos.
El airado marido no perdió el tiempo; asiendo una malla de acero
eslabonado, salió en busca de su fugada esposa. Sigilosamente se acercó
al emparrado de los amantes y hábilmente echó la

malla sobre ambos,
evitando así cualquier posibilidad de escapatoria, y allí los dejó
prisioneros, a pesar de sus ruegos, hasta que todos los dioses pudieron
verlos en tan humillante estado, poniéndolos así en ridículo. Cuando
finalmente decidió liberarlos, Marte salió disparado, jurando vengarse
del negligente centinela, que aún dormía plácidamente. Cayendo sobre
él, Marte lo despertó bruscamente y, tras reprenderlo severamente, lo
transformó en gallo, desterrándolo al corral y condenándolo a avisar
diariamente de la aproximación del Sol.
Texto tomado de
Grecia y Roma, de H. A. Guerber (1907), traducción de Seuk Kwon.
M. E. Editores, S. L. Madrid, 1995