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| I.E.S. "PEDRO SOTO DE ROJAS", GRANADA | |

| LEYENDAS MITOLÓGICAS | ![]() |
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y
ríos, hasta
que, por fin, volvió a Sicilia, de donde había partido. Se sentó junto
a la orilla
del río Cyane, justo donde Plutón abrió la Tierra y accedió a sus
dominios llevando
a su presa. La ninfa del rio hubiera querido contarle a la diosa todo
lo que había
visto; pero no se atrevió por temor a Plutón; sin embargo, se aventuró
a tomar un
ceñidor que Proserpina había dejado caer y lo depositó a los pies de la
madre. Al
verlo, Ceres supo con certeza que la había perdido para siempre. Pero
desconocía
cuál había sido realmente la causa y echó la culpa a la inocente
Tierra. «Suelo
desagradecido», dijo ella, «te he hecho fértil, te he vestido de pasto
y grano,
pero ya no volverás a gozar de mis favores.» Entonces el ganado murió;
el arado
se quebró en el surco y las semillas no germinaron. El Sol era
demasiado fuerte;
la lluvia, excesiva; los pájaros robaban las simientes y sólo los
cardos y las
zarzas prosperaban.
día, volvía del bosque
acalorada por
el ejercicio, cuando llegué hasta una corriente que fluía silenciosa,
tan clara
que se podían contar los guijarros del fondo. Los sauces le
proporcionaban sombra
y la pradera descendía verde y suave hasta el borde del agua. Me
acerqué y sumergí
un pie, después me metí hasta las rodillas, y
por fin no me
pude resistir: dejé mis ropas
en
los sauces y me lancé a disfrutar del
agua.
Mientras nadaba escuché
un vago murmullo que salía del fondo. Asustada,
me apresuré a alcanzar la orilla más próxima. Una voz dijo: "¿Por qué
huyes
Aretusa? Soy Alfeo, el dios de esta corriente." Nadé más deprisa pero
él me
perseguía. No era más rápido que yo, pero sí más fuerte, y al fin me
alcanzó cuando
me fallaron las fuerzas. Entonces, exhausta, grité pidiendo ayuda a
Diana: "¡Ayúdame
diosa, ayuda a tu adoradora!" La diosa me escuchó y me envolvió en una
nube.
El dios-río me buscaba por todas partes y un par de veces pasó junto a
mí sin verme.
"¡Aretusa, Aretusa!", gritaba. ¡Oh! qué miedo pasé, como un cordero que
oye gruñir al lobo fuera del redil. Un sudor frío me inundó, mi cabello
fluía como
una corriente y a mis pies se arremolinaba el agua. En pocas palabras,
en menos
tiempo del que se tarda en decirlo me convertí en una fuente, pero
estando en esa
forma Alfeo me encontró y quiso mezclar sus aguas con las mías.
Entonces, Diana
hendió la tierra y por allí traté de escapar; me lancé a
la caverna y,
atravesando
las entrañas de la tierra, logré aflorar aquí, en Sicilia. Mientras
atravesaba las
profundidades pude ver a tu hija Proserpina. Parecía triste,
pero ya
no había miedo
en
su rostro. Tenía
el porte de
una reina, la reina del
Erebo, la poderosa novia
del
monarca del reino de los muertos.»Cuando Ceres escuchó este relato volvió su carro hacia el cielo y se apresuró a presentarse ante el trono de Júpiter. Allí contó la historia de cómo había sido privada de su hija e imploró a Júpiter que interviniera para que le fuera devuelta. Júpiter consintió con una condición: que Proserpina no hubiera tomado ningún alimento durante su estancia en el submundo, de otro modo las Parcas prohibirían su regreso. Pero Proserpina había comido ya unos granos de la granada que el astuto Plutón le había ofrecido. El regreso era ya imposible. No obstante, se llegó a un acuerdo: Proserpina podría volver a la superficie durante seis meses, al cabo de los cuales descendería al inframundo para pasar allí otros seis meses. Y así todos los años.

En cuanto a Alfeo, no se dio por vencido. Según unos, su corriente atraviesa el mar sin mezclarse con él hasta llegar a Sicilia, fundiéndose con las aguas de su amada Aretusa. Según otros, su corriente se hunde y atraviesa la tierra por canales subterráneos para salir justo en el manantial de Aretusa. De aquí surgió la leyenda de que cualquier objeto arrojado a la corriente del Alfeo reaparecería en Sicilia. Acostumbraban los jóvenes enamorados a lanzar guirnaldas de flores a la corriente del Alfeo, seguros de que éste las depositaría a los pies de Aretusa.
Fuente: La edad de oro del mito y la leyenda, de Thomas Bulfinch (1796-1867). Traducción de Soledad Arce. Págs. 75-78. Madrid, 1995

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