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| I.E.S. "PEDRO SOTO DE ROJAS". GRANADA | |

| LEYENDAS MITOLÓGICAS | ![]() |
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así como
Alcestis de la devoción conyugal. Antígona
era hija de Edipo y Yocasta, la cual fue víctima junto con toda su
descendencia
de un destino implacable que los condenó a la destrucción. Edipo en su
locura se
sacó los ojos y fue apartado de su reino, Tebas, temido y abandonado
por los hombres
y siendo objeto de la venganza de los dioses. Tan sólo Antígona, su
hija, le acompañó
en su vida errante y permaneció junto a él hasta que murió y después
regresó a Tebas. Sus hermanos, Eteocles y
Polinice, acordaron compartir
el reino y reinar alternativamente un año cada uno. El primer año le
tocó a Eteocles
y cuando su año expiró se negó a ceder el reino a su hermano. Polinice
huyó a Argos,
cuyo rey, Adrasto, le concedió a su hija en matrimonio y le ayudó con
un ejército
para que defendiera su derecho al trono. Esto condujo a la famosa
expedición de
los «Siete contra Tebas», que tanto
material
proporcionó a los poetas épicos y trágicos en Grecia.
Anfiarao, cuñado de Adrasto, se opuso a la empresa
porque él
era un adivino y supo mediante sus artes que ninguno de sus capitanes
volvería vivo
excepto Adrasto. Pero cuando Anfiarao se casó con Erífila, la hermana
de Adrasto,
las dos cuñadas acordaron que siempre que hubiera diferencias de
opinión entre ellos
dejarían la elección a Erífila. Sabiendo esto Polinice regaló a Erífila
el collar
de Armonía y así la predispuso a su favor. Este collar fue el regalo
que Vulcano
hizo a Armonía cuando se casó con Cadmo y Polinice se lo había llevado
en su vuelo
a Tebas. Erífila no resiste su tentador soborno y su decisión fue la
guerra y Anfiarao
marchó a su destino cierto. Tomó parte bravamente en la contienda, pero
no pudo
evitar su sino. Perseguido por el
enemigo, huyó a lo largo del río,
cuando un rayo
lanzado por Júpiter abrió la tierra que se tragó al carro y a su
conductor.
No hay sitio aquí para describir con detalle todos los actos de heroísmo y de atrocidad que marcaron la contienda, pero debemos recordar la fidelidad de Evadne, como contraposición a la debilidad de Erífila. Capano, el esposo de Evadne, en el fragor de la lucha afirmó que él entraría en la ciudad aun a pesar del mismo Jove. Colocó una escalera contra el muro y subió, pero Júpiter, ofendido por su impío lenguaje, le alcanzó con un rayo. Cuando se celebraron sus exequias Evadne se arrojó a la pira funeraria y murió.
Al comienzo de la contienda Eteocles consultó al
adivino Tiresias
por el resultado final. Tiresias en su juventud había visto por
casualidad a Minerva
bañándose. La diosa, llevada por la ira, le privó de la vista, pero
después, recapacitando,
le dio en compensación el conocimiento de
los acontecimientos futuros.
Cuando Eteocles
le consultó, él afirmó que la victoria sería de Tebas si Menoeceus, el
hijo de Creón
se ofrecía como víctima voluntaria. El heroico joven, consciente de la
responsabilidad,
perdió la vida en el primer encuentro. El sitio se alargó durante mucho
tiempo y
al final ambos ejércitos acordaron que eran los hermanos los que tenían
que resolver
su disputa en combate mano a mano.
Pelearon y cayeron el uno a manos del otro. Los
ejércitos reanudaron
la lucha y finalmente los invasores se vieron obligados a ceder en sus
pretensiones
y huir dejando sin enterrar a sus muertos. Creón, el tío de los caídos
príncipes,
se convirtió en rey e hizo que Eteocles fuera enterrado con grandes
honores, pero
dejó que el cuerpo de Polinice yaciera donde cayó y no permitió que
nadie le diera
sepultura.

Antígona, la hermana de Polinice, escucha con indignación el terrible edicto que condenaba al cuerpo de su hermano a los muertos y a los buitres, privándole de aquellos ritos que se consideraban esenciales para el reposo de los muertos. El consejo de la amante, pero tímida, hermana no conmovió al rey. Ella, incapaz de conseguir ayuda, decidió correr el riesgo y enterrar el cuerpo con sus propias manos. Fue detenida en el intento y Creón dio órdenes de que fuera enterrada viva por haber hecho caso omiso deliberadamente del solemne edicto de la ciudad. Su amante, Haemón, hijo de Creón, incapaz de evitar su destino, no quiso sobrevivirla y se dio muerte.
Fuente: La edad de oro del mito y la leyenda, de Thomas Bulfinch (1796-1867). Traducción de Soledad Arce. Madrid, 1995
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