El hombre se sirve de las habilidades de los
animales inferiores para su propio beneficio. De aquí nace el arte de
la apicultura. La miel debió conocerse en un principio en un estado
salvaje, las abejas construyen sus estructuras en árboles huecos o en
agujeros de las rocas o cualquier otra cavidad similar que puedan
encontrar. Así a veces ocurre que las abejas utilizan el esqueleto de
un animal muerto para sus propósitos. No cabe duda de que fue un
incidente de esta naturaleza lo que hizo surgir la superstición de que
las abejas nacían de la carne
putrefacta de los animales; en la
siguiente historia Virgilio muestra cómo este supuesto fenómeno puede
ser utilizado para reponer un enjambre cuando éste se ha perdido por
enfermedad o accidente.
Aristeo fue el primero en desarrollar la apicultura. Era hijo de la
ninfa acuática Cirene. En una ocasión en que sus abejas mu rieron
recurrió a su madre; llegó a la orilla del río y se dirigió a ella: «Oh
madre, el orgullo de mi vida me ha sido arrebatado; he perdido mis
preciosas abejas. Todos mis cuidados no han servido para nada y tú, mi
madre, no me has protegido de este golpe de mala fortuna.» Su madre
escuchó sus quejas sentada en su palacio en el fondo del río con sus
damas ninfas alrededor. Todas estaban ocupadas en labores femeninas,
hablando y tejiendo, mientras que una de ellas contaba historias para
distraer al resto. La triste voz de Aristeo interrumpió sus
ocupaciones; una de ellas sacó la cabeza fuera del agua; le vio y
regresó para avisar a su madre, quien ordenó que lo trajeran a su
presencia. El río por orden suya se abrió y le dejó paso rizándose como
una montaña a cada lado.
Él descendió hasta la región donde se encuentran las fuentes de los
grandes ríos, vio los enormes recipientes de agua y casi se queda sordo
con su rugido, mientras las miraba correr en distintas direcciones para
regar la superficie de la tierra. Cuando llegó a la residencia de su
madre, ésta y sus ninfas le recibieron con hospitalidad y dispusieron
una mesa con toda clase de manjares. Honraron primero a Neptuno
derramando libaciones y después se regalaron con un festín, tras el
cual Cirene se dirigió a su hijo: «Hay un viejo profeta llamado Proteo
que mora en el mar y es el favorito de Neptuno, cuyos rebaños de vacas marinas él pastorea.
Nosotras las ninfas le respetamos porque él es un sabio y conoce todas
las cosas pasadas, presentes y por venir. Puede decirte, hijo mío, cuál
es la causa de la mortalidad entre tus abejas y cómo puedes remediarla;
no lo hará voluntariamente por mucho que le ruegues, deberás obligarle
a la fuerza. Si eres capaz de encadenarlo, contestará a todas tus
preguntas para liberarse porque él, con todas sus
artes, no podrá
soltarse si aseguras bien las cadenas. Te llevaré hasta la cueva,
adonde él regresa siempre al mediodía para echar su siesta. En ese
momento puedes capturarle fácilmente. Pero cuando se vea atrapado
recurrirá a su poder de cambiar de forma; se convertirá en un jabalí
salvaje o en un fiero tigre, en un dragón cubierto de escamas o en un
león amarillo. O puede que imite el sonido de las llamas o el rugido
del agua para que sueltes la cadena y poder escapar. Pero tú no tienes
más que sujetarle con firmeza y al fin, cuando se dé cuenta de que sus
artes son inútiles, volverá a su propia aparencia y obedecerá tus
órdenes.» Diciendo así roció a su hijo de fragante néctar, la bebida de
los dioses, e inmediatamente se vio envuelto en perfume mientras
que un vigor inusitado se apoderó de su cuerpo e infundió valor en su
corazón.
La ninfa condujo a su hijo a la cueva del profeta y le escondió entre
los salientes de las rocas y ella se apostó detrás de unas nubes. Con
el mediodía llegó la hora en que hombres y rebaños se esconden del Sol y se permiten un tranquilo sueño. Proteo salió del
agua seguido por su rebaño de vacas marinas que se dispersa ron por la
orilla. Se sentó en una roca y cantó. Entonces el rebaño se tumbó en el
suelo de la cueva y se
durmió.
Apenas se hubo dormido, Aristeo fijó los
grilletes en él y se despertó dando voces. Proteo, al verse capturado, inmediatamente recurrió a sus artes:
primero vino el fuego, luego se convirtió en una horrible bestia
salvaje, todo en rápida sucesión. Al fin, dándose cuenta de que no
había nada que hacer recobró su propia forma y se dirigió al joven muy
enfadado: «¿Quién eres tú, joven atrevido, que invades así mi morada?
¿Qué quieres de mí?» Aristeo replicó: «Proteo, tú ya lo sabes porque
nadie puede engañarte. Cesa en tus esfuerzos por librarte de mí. He
sido conducido hasta aquí con ayuda divina para que tú me digas cuál es
la causa de mi infortunio y cómo remediarlo.» El profeta escuchó estas
palabras y, fijando en Aristeo la penetrante mirada de sus ojos grises,
exclamó: «Tienes la recompensa que mereces por tus acciones. Por tu
culpa Eurídice encontró la muerte, de ti huía cuando piso una serpiente
cuya mordedura le provocó la muerte. Para vengar su muerte, sus amigas
ninfas han enviado la muerte a tus abejas. Tienes que aplacar su cólera
y lo harás así: elige cuatro toros de perfectas proporciones y cuatro
vacas de igual belleza, levanta altares a las ninfas y sacrifica a los
animales dejando sus despojos en el bosque. A Orfeo y Eurídice
dedicarás tales honras fúnebres que puedan aplacar su resentimiento.
Nueve días más tarde regresa donde dejaste los cuerpos del ganado
muerto y observa lo que haya sucedido.» Aristeo obedeció al pie de la
letra estas instrucciones. Sacrificó el ganado, dejó sus cuerpos en el
bosque y ofrendó honras fúnebres a las sombras de Orfeo y Eurídice. Al
noveno día regresó y examinó los cuerpos de los animales y, ¡oh
maravilla!, un enjambre de abejas se había apoderado de uno de los
esqueletos y se dedicaban a sus labores allí como en un panal.
Fuente:
La edad de oro del mito y la leyenda, de Thomas Bulfinch (1796-1867). Traducción de Soledad Arce. Págs. 227-229. Madrid, 1995