Atalanta
era una doncella cuyo rostro podría decirse que era demasiado masculino
para una muchacha y, sin embargo, era demasiado femenino para un
muchacho. Tiempo atrás le habían leído su destino, el cual le advertía
que no se casara porque el matrimonio sería la causa de su ruina.
Aterrorizada con este oráculo, evitó el trato de los hombres y se
dedicó al ejercicio de la caza. A todos sus pretendientes, que eran
muchos, impuso siempre una condición que generalmente tenía el efecto
del inmediato abandono de sus pretendientes: "Seré de aquel que me gane
en la carrera; pero el castigo del que lo intente y fracase será la
muerte." A pesar de esta dura condición, hubo quien quiso probar. Se

nombró a Hipomenes juez de la carrera y éste preguntaba: "¿Cómo es
posible que alguien sea tan loco como para arriesgar tanto por una
esposa?" Pero cuando la vio despojarse de la túnica para la carrera
cambió de opinión y dijo: "Perdonadme, no conocía el premio por el que
competíais." Mientras los examinaba deseaba que todos fueran vencidos y
envidiaba a cualquiera que parecía con posibilidades de ganar.
Éstos eran sus pensamientos cuando la doncella partió como una flecha.
Mientras corría parecía más bella que nunca. La brisa parecía dar alas
a sus pies, y su pelo flotaba sobre sus hombros graciosamente. Un rubor
teñía la blancura de su piel, como un velo carmesí sobre una pared de
mármol. Todos sus competidores quedaron atrás y fueron ejecutados sin
compasión. Hipomenes no se arredró ante este resultado y, fijando sus
ojos en la doncella, dijo:
"No presumas tanto de haber batido a esos patanes; yo mismo me ofrezco
a la competición." Atalanta le miró con rostro compasivo y no estaba
muy segura de si quería vencerle o no. "¿Qué dios es el que tienta a
alguien tan joven y guapo a suicidarse? Ojalá abandonase la carrera o,
si está tan loco para continuar, ojalá me gane."
Mientras ella vacilaba dando vueltas a estos pensamientos, los
espectadores se impacientaban esperando la carrera y su padre la
conminó a prepararse. Entonces Hipomenes elevó un ruego a
Venus:
"Ayúdame Venus, porque tú me has traído hasta aquí." Venus le escuchó y
decidió favorecerle. En el jardín de su templo, en la isla de Chipre,
crecía un árbol de hojas y ramas amarillas y de frutas doradas. De él
recogió tres

manzanas de oro y, sin que nadie excepto Hipomenes las
viera, se las entregó y le explicó cómo usarlas. Se dio la señal. Los
dos partieron raudos de sus marcas. Tan ligeras eran sus huellas que se
diría que podrían correr sobre el agua o sobre las ondulantes espigas
sin hundirse.
Los espectadores animaban a Hipomenes con sus gritos.
"¡Venga, venga! ¡Echa el resto! ¡Corre, corre! ¡Que la ganas! ¡No te
rindas! ¡Un esfuerzo más!", pero a él empezó a faltarle el aliento;
tenía la garganta seca y la meta aún estaba lejos. Entonces arrojó una
de las manzanas doradas. La doncella se quedó estupefacta y se detuvo a
recogerla. En ese momento Hipomenes la adelantó. Los gritos estallaron
por todas partes. Ella redobló sus esfuerzos y pronto le alcanzó. De
nuevo él tiró una manzana. Ella volvió a detenerse, pero de nuevo
volvió a alcanzarle. La meta estaba cerca; sólo le quedaba una
oportunidad.
"Ahora diosa -dijo él- favoréceme con tu regalo", y tiró la última
manzana a un lado. Ella la vio y vaciló, pero Venus la empujó a
desviarse para recogerla. Así lo hizo y fue derrotada y el joven obtuvo
su premio.
Pero los amantes estaban tan rebosantes de su propia felicidad que se
olvidaron de honrar a Venus como se merecía. La diosa se irritó por su ingratitud y consiguió con sus manejos que ofendieran a
Cibeles.
No se podía insultar a tan poderosa divinidad impunemente. Cibeles les
despojó de su forma humana y les convirtió en animales que recordaran
sus propios caracteres. De la heroína cazadora, que triunfaba sobre la
sangre de sus enamorados, hizo una leona; de su dueño y señor, un león,
y los unció a su carro. Y allí permanecen como aún puede verse en todas
la pinturas o estatuas que representan a la diosa Cibeles.
Fuente:
La edad de oro del mito y la leyenda, de Thomas Bulfinch (1796-1867). Traducción de Soledad Arce. Págs. 172-173. Madrid, 1995