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rey y una reina tenían tres hijas. La menor de ellas,
llamada Psique
era increíblemente hermosa y Venus se ofendió por
verse eclipsada

por
ella, así que decidió vengarse. Le dijo a su hijo
Cupido que castigase
a Psique, haciendo que se enamorase del ser más horroroso y
rastrero
del mundo. Con el agua amarga de las fuentes de Venus y una de sus
flechas, Cupido intentó hacer lo que le había
ordenado su madre, pero
la flecha que tenía destinada para ella rebotó y
se le clavó al dios
del Amor.
Y Psique se quedó sola, nadie
quería casarse con ella. Sus padres,
preocupados, preguntaron al oráculo y este le dijo que su
hija se
casaría con un monstruo.
Llegó el momento, y la joven
Psique, obedeciendo a su destino, acudió a
la montaña, presa del miedo. Fue trasladada por el viento
Céfiro a un
bosque donde se hallaba una morada digna de un dios. Cuando estuvo
allí, los sirvientes le dijeron que aquello era suyo,
así que se
instaló allí.
Psique aún no
había conseguido ver a su esposo, porque siempre llegaba
a la casa muy tarde y se unía a ella en la oscuridad. Cierta
vez,
Psique logró que se les permitiese a sus hermanas visitarla.
Estas, al
ver todo el lujo que Psique poseía, se llenaron de envidia y
le dijeron
muchas cosas llenas de maldad. Le dijeron que su esposo era un
horroroso monstruo, y le dieron instrucciones para que lo matase. Una
noche, la joven preparó una lámpara y un
cuchillo, y cuando iba a
matarlo, vio que su marido no era otro que el dios Cupido. Pero una
gota de aceite hirviente de la lámpara cayó sobre
el dios, que se
despertó sobresaltado y, al ver a la muchacha, dijo:
"Ingrata Psique:
ahora me conoces al fin. Tu felicidad dependía de tu
ignorancia. Ya no
puedo ser tuyo".
Cupido se enfadó tanto que la echó de su casa, y
huyó, alejándose con
sus alas.
Psique se lo contó todo a sus
hermanas, y estas subieron al monte, para
ver a Cupido, aunque Céfiro no las sujetó y
cayeron al vacío.

Psique fue a buscar a su marido. Cuando estaba de camino, se
encontró
en un templo lleno de grano, y se puso a ordenarlo.
Ceres que vio a Psique en aquel templo,
conmovida, le
aconsejó que hablase con Venus.
La diosa, enfadada, habló muy
mal a Psique y la puso a prueba: Tendría
que separar los granos de diferentes cereales antes del atardecer.
Psique pasó la prueba gracias a que Cupido logró
que las hormigas le
ayudasen en su tarea, pero Venus descubrió la trampa y le
puso otra
prueba: Le pidió una muestra de los vellones dorados de unas
ovejas.
Psique los recogió y se los llevó, pero tampoco
la liberó; como última
prueba, Venus le dio una caja para que se la llevase a
Proserpina y ésta le diese un poco de su belleza. Psique
descubrió un
sitio por el que entrar al infierno y Proserpina llenó su
caja. Por
desgracia, la curiosidad la estaba matando, así que Psique
abrió la
caja y lo que había dentro la dejó sin sentido.
Cupido salió a buscarla
y la liberó del sueño, para que le llevase la
caja a Venus.
Júpiter logró que Venus aprobase su
unión, y la hizo inmortal, para que
Cupido y Psique pudiesen estar juntos siempre.
Irene
Martín, alumna de 4º ESO-B
Puedes ampliar tu conocimiento de la historia de Psique
leyendo esta
página firmada por Caro:

El mito de Cupido y Psiqué es, probablemente, uno de las
mejores historias de amor que encontramos en la mitología
clásica. Cupido,
era la personificación del deseo amoroso intenso, en
más alto grado que el Eros griego, con el que
acabó asimilandose o confundiendose.
Psiqué,
(también Psiquis en algunos casos), bellísima
doncella en la mitología, personifica el alma humana, es el
símbolo del alma purificada por las pasiones y las
desgracias, y preparada para disfrutar, dentro del amor, de la
felicidad enterna. Algunos autores le atribuyen una hija con Cupido: la
Voluptosidad. El
relato de la historia de Cupido y Psiqué, sólo lo
recoge Apuleyo, autor latino del s.II de nuestra era (tal es la
razón por la que se emplean los nombres latinos de los
dioses) en su obra "El asno de oro o Metamorfosis" (4.28 - 6.24). Es
una historia bellamente relatada al estilo de Ovidio. osiblemente,
es en este relato donde más podamos apreciar cómo
muchos de los temas de los antiguos mitos han llegado a los cuentos de
hadas populares.
En
él se pone de manifiesto la perseverancia de Cupido cuando
se encuentra poseído por la pasión y la de
Psiqué, que al mas puro estilo "Cenicienta" ha de superar
numerosos trabajos para lograr alcanzar la felicidad del amor.
CUPIDO Y PSIQUÉ.
Había
un vez, un rey, padre de tres hijas espléndidas. La
más joven, Psiqué, era mucho más
hermosa que sus dos hermanas y al lado de ellas parecía una
diosa entre simples mortales. La fama de su hermosura se extendio por
toda la tierra y de todas partes los hombres se ponían en
camino para admirarla con rendida adoración y prestarle
pleitesía, como si de una inmortal se tratara. Se
llegó a decir incluso que la misma Venus no podía
rivalizar con ella. Y cuantos más y más se
presentaban ante ella, menos se acordaban de Venus. Los templos de la
diosa estaban abandonados, sus altares cubiertos de frías
cenizas y las ciudades consagradas a la diosa se convertían
en ruinas. Todos los honores reservados hasta entonces se le tributaban
a una simple muchacha, destinada a morir en día no lejano.
La
diosa no podía aceptar semejante situación, y
como siempre que se encontraba en apuros, requirió ayuda de
su hijo, que unos llaman Cupido y otros Amor, y contra cuyas flechas no
existe protección en el cielo ni en la tierra. Le
contó sus cuitas, y, como siempre, se prestó a
obedecer sus órdenes. "Usa tu poder - le dijo ella - y haz
que esta pequeña desvergonzada se enamore locamente de la
más vil y despreciable criatura que haya en el mundo".
Él lo habría hecho ciertamente si Venus,
olvidando en el furor de sus celos que aquella belleza
podría ilusionar al mismo dios del Amor, no le hubiera
mostrado antes a Psiqué. Cuando la hubo visto, el mismo
Cupido se sintió con el corazón traspasado por
una de sus flechas. Nada dijo a su madre; la verdad es que no
tenía fuerzas para proferir una sola palabra y Venus se
marchó convencida de que la suerte de Psiqué
estaba echada.
Las
cosas, sin embargo, ocurrieron de distinta manera a como ella
creía. Psiqué no pensó nunca
enamorarse de un malvado; en efecto, no se enamoró de nadie
y, más extraño todavía, nadie se
enamoró de ella. Los hombres seguían satisfechos
en su contemplación, admirándola,
adorándola, después pasaban de largo y desposaban
a otra. Sus dos hermanas, aun siendo infinitamente menos seductoras,
habían celebrado dos espléndidas bodas, cada una
con un rey. Psiqué, la mas hermosa, triste y solitaria,
admirada siempre, pero jamás amada. Le parecía
que ningún hombre la querría por esposa y ello
causaba gran inquietud a sus progenitores. Su padre intentó
hallar a través del oráculo de Delfos un buen
marido para Psiqué. El dios consintió en
responder, pero su profecía fue terrible. Apolo
decretó que Psiqué, vestida con negros crespones,
debía ser llevada a la cumbre de una colina y permanecer
allí sola; el marido que le sería destinado, una
serpiente alada, terrible y más poderosa que los mismo
dioses, llegaría hasta ella y la haría su
esposa...
No
se puede imaginar el desespero que se apoderó de aquellos a
quienes el padre de Psiqué contó tan triste
noticia. Se preparó a la joven como para sus funerales, y
con mas lamentos que si se tratara de conducirla a la tumba la llevaron
a la colina. Solo psiqué permanecía animosa y
decidida. " Mas que llorar por mi -les dijo- debeis hacerlo por esta
belleza que me ha granjeado la envidia del cielo. Marchad ahora, y
sabed que deseo que pronto llegue el final". Desesperados partieron
todos, abandonando a su destino a la radiante y desventurada muchacha y
se encerraron en su palacio para llorar por ella el resto de sus
días.
Sobre
la colina, y en medio de la oscuridad, Psiqué
permaneció sentada a la espera.
Mientras temblaba y lloraba,
en la calmada noche llegó hasta ella una ligera brisa, el
dulce viento de Céfiro, el más suave de los
vientos. Sintió que se elevaba. Se deslizó de
piés por el aire sobre la colina rocosa hasta una pradera
mullida como un lecho y perfumada por las flores. El hizo lo posible
para que olvidara sus penas y la durmió. Despertó
después a orillas de un claro arroyo a cuya vera se elevaba
un castillo imponente y magnífico. Parecía
destinado a un dios, con sus columnas de oro, muros de plata y suelos
incrustados de piedras preciosas. Reinaba un silencio absoluto. Su
interior parecía desierto y Psiqué se
acercó cautelosa y atemorizada a la vista de tanto
esplendor. Permaneció recelosa en el umbral cuando
percibió unos ruidos; no veía a nadie, pero
oía las palabras con claridad: "La casa es para
tí -le decían-. Entra sin miedo y
báñate, refréscate; en seguida se
pondrá en tu honor la mesa del banquete".
Nunca
había tomado un baño tan delicioso ni probado
platos tan agradables. Mientras comía, escuchó a
su alrededor una dulce música, como un arpa que
acompañaba a un numeroso coro. La oía pero
tampoco la veía. Todo el día estuvo sola,
acompañada unicamente por las voces que escuchaba. Pero sin
podérselo explicar presentía que su marido
vendría al caer la noche. Y así fue. Cuando le
sintió cerca de sí y escuchó su voz
que murmuraba dulcemente a su oído, desaparecieron sus
temores. Sin verle siquiera, estaba cierta que no era un mostruo ni
tenia forma espantosa sino que era el amante esposo que tanto tiempo
había deseado.
Aunque
esta presencia mediatizada no podía satisfacerla plenamente,
sin embargo se encontraba feliz y el tiempo transcurría
rápido para ella. Pero una noche, su querido e invisible
esposo le habló muy seriamente y le advirtió que
un gran peligro le amenazaba bajo la forma de sus dos hermanas.
"Vuelven a la colina de donde has desaparecido para llorar por ti -le
dijo-. Pero no es conveniente que te descubran. Si lo hacen me
causarás una pena inmensa y te destruirás a ti
misma". Prometió no dejarse ver y pasó todo el
día siguiente llorando, pensando en sus hermanas y en la
prohibición que tenía de no consolarlas. Pero
lloró todavia más cuando volvio su marido y ni
siquiera las caricias que él le prodigó pudieron
secar sus lagrimas. Al fin, con gran disgusto, él
cedió: "Haz lo que quieras -dijo- pero, te lo repito, estas
buscando tu ruina, tu propia destruccion". Después,
solemnemente, le explicó que no se dejara persuadir por
nadie para que intentara verle, pues quedaría separada de
él para siempre. Psiqué obedeció entre
protestas, pues preferia morir cien veces que vivir sin el. "Pero
otórgame la alegría de ver a mis hermanas" le
suplicó ella. Tristemente, él se lo
concedió.
Al
dia siguiente, llevadas por Cefiro, las dos hermanas descendieron de la
montaña. Alegre, con el corazón palpitante de
emoción, Psiqué las esperaba; su alegria era muy
grande. Transcurrió largo rato antes de que las tres
lograran hablarse; su alegría era muy grande y solo pudieron
expresarse en suspiros. Por fin entraron en el palacio y las dos
hermanas mayores revolvieron todos los magnificos tesoros. En un
opulento festín escucharon maravillosa música. Y
la envidia, la amarga envida y una curiosidad devoradora se apoderaron
de ellas. ¿quién era el dueño de tal
magnificencia? ¿quién era el esposo de su
hermana? Querían saberlo pero Psiqué, que
mantenía su palabra, solo les dijo que su marido era un
hombre joven que estaba participando en una cacería.
Después, les llenó las manos de oro y joyas y
pidió a Cefiro que las devolviera a la colina. Dejaron a
Psiqué, pero el fuego de los celos quemaba sus corazones.
Comparadas con Psiqué, las riquezas propias y su felicidad
les parecían nada, y su envidiosa colera creció
tanto en ellas que llegaron a tramar juntas la perdición de
su hermana.
Aquella
noche, el esposo de Psiqué le advirtió una vez
mas que no volviera a ver a sus hermanas. Pero ella replicó
que no podia dejar de verlas. ¿Tenia que prohibirle ver a
sus hermanas a quienes tanto amaba? El cedió de nuevo y en
seguida las dos ruines hermanas llegaron. Traían planes muy
concretos. Las palabras vacilantes de su hermana y sus contradictorias
respuestas, cuando le pidieron que describiera a su marido, avivaron su
curiosidad. Estaban convencidas de que, no solo Psiqué no lo
habiá visto todavia, sino que incluso ignoraba su identidad.
No le expusieron sus sospechas, pero le reprocharon por disimular tan
triste situación a sus hermanas. Ellas lo habían
comprendido, le dijeron, y estaban seguras de que su marido no era un
hombre, sino mas bien la horrenda serpiente profetizada por el
oráculo de Apolo. El de momento se mostraba dulce, pero
llegaría una noche en que se arrojaría sobre ella
para devorarla.
Psiqué,
consternada, sentía que el terror invadía su
corazon e iba matando poco a poco su amor. Muchas veces se preguntaba
por qué él no le permitía verle, y
sospechaba que debía tener para ello alguna poderosa
razón, ¿Qué sabia de él en
realidad? Si no era tan horrible, ¿por qué
tenía la crueldad de ocultarse a su vista? Triste,
temblorosa y balbuceante, dio a entender a sus hermanas que no
podía negar lo que le decían, pues hasta aquel
momento su marido no la había poseído sino en la
mas profunda oscuridad. "Debe ocultar algo horrible para que tema tanto
la luz del día" dijo ella sollozando, y les pidió
consejo.
Ellas
lo tenían ya todo previsto, pues lo prepararon con
antelación. Psiqué debía ocultar un
cuchillo bien afilado y una lámpara al lado de su lecho.
Cuando su marido estuviera profundamente dormido, ella se
levantaría, encendería la lampara y
empuñando el cuchillo, lo clavaria en la figura horrible que
la luz le descubriera.
La
dejaron abrumada por la duda y fuera de si, sin saber qué
partido tomar. Ella le amaba y él era su amante esposo...
Durante todo el día sus pensamientos luchaban dentro de
ella. Cuando llegó la noche, había abandonado la
lucha. Estaba decidida a matarlo...
Cuando
él se durmió apaciblemente, ella se
revistió de valor y encendio la lámpara.
Caminando sobre las puntas de los pies se acercó al lecho y,
elevando la luz, contempló lo que tenía ante sus
ojos. ¡Oh, su corazón sintió un
profundo alivio y el más sublimado éxtasis! La
luz no le hizo ver un monstruo, sino la más bella de las
criaturas. Invadida por la vergüenza de su locura y por su
poca confianza, Psiqué se hincó de rodillas y si
el cuchillo no hubiera caído de sus manos temblorosas lo
habría clavado en el propio pecho. Pero mientras se hallaba
reclinada sobre él, contemplando tan gran belleza, una gota
de aceite cayó de la lámpara en la espalda de
aquel bello joven. Se despertó sobresaltado, vio la luz y
comprendio la desconfianza de Psiqué, y sin pronunciar
palabra se marchó.
Psique
corrió tras él. No podía verle, pero
oía su voz que le hablaba. Le dio a conocer su nombre y con
tristeza le dijo adios: "El Amor no puede vivir sin confianza" y con
esas últimas palabras la abandonó. "El dios del
amor" pensó ella "era mi esposo, y yo, miserable, no tuve fe
en su palabra. ¿Se ha marchado para siempre?. De todas
maneras -pensó ella llena de coraje- puedo pasar el resto de
mi vida buscándolo. Si él no quiere ya amarme, yo
sabré demostrarle mi amor".
Y se puso en camino sin rumbo
fijo; solo sabía una cosa: que jamás
renunciaría a volverle a encontrar.
Entretanto,
él fue a reunirse con su madre para pedirle que curara su
herida, pero cuando Venus supo su historia y comprendio lo que
Psiqué había pretendido, llena de colera le
dejó solo con su tristeza. Marchó en busca de la
muchacha por cuya causa había sentido celos mortales. Venus
estaba decidida a demostrar a Psiqué lo que cuesta escapar
de la ira de una diosa.
La
pobre Psiqué, en su desolado vagabundear, intentaba
reconciliarse con los dioses. Les dirigia continuas y ardientes
suplicas, pero ninguno de ellos quería granjearse la
enemistad de Venus. Psiqué comprendio al fin que los dioses
no le ofrecían esperanza alguna y tomó una rapida
decisión. Se dirigiría a Venus, se
ofrecería a servirla e intentaría apaciguar su
colera. "Y quién sabe -se dijo- quién sabe si
él no estará en casa de su madre".
Y se puso en
camino para encontrar a la diosa, quien a su vez andaba
buscándola.
Cuando
las dos se encontraron, Venus se echó a reír y le
dijo con desprecio si buscaba un marido, el que había tenido
y que rehusaba verla después que escapó de la
muerte a causa de las quemaduras que ella le causara. "Pero en verdad
-dijo la diosa- eres tan descarada y te preocupas tan poco de tu
aspecto que jamas encontraras un enamorado. Para darte pruebas de mi
buena voluntad voy a enseñarte cómo hacerlo".
Pidio gran cantidad de semillas de las mas pequeñas, trigo,
amapolas, mijo y otras, y las mezcló en un solo monton. "Por
tu propio interés, procura que todas esten separadas para
esta tarde" dijo la diosa. Y tras estas palabras se fue.
Psique
quedo sola y, sentada, contempló el monton de semillas. No
cabia en su cabeza la crueldad de esta orden que la desorientaba.
además, le parecía inutil ponerse a realizar un
trabajo de tan dificil ejecucion. Pero ella, que jamas
despertó compasión de nadie en el mundo de los
mortales ni de los inmortales, en esta penosa situacion
suscitó la piedad de las mas pequeñas de las
criaturas, las hormigas. "Venid, compadeceos de esta pobre criatura,
ayudemosla pronto" se decían unas a otras. Todas
respondieron a este llamamiento; vinieron en masa y trabajaron
afanosamente separando y amontonando, y lo que fue un monton informe se
convirtió en una serie de montoncillos bien ordenados,
compuestos cada uno por una variedad de semilla.
Así lo
encontró Venus a su regreso, y al verlo se puso furiosa.
"Aun no has terminado tu trabajo", le dijo. dio un mendrugo de pan a
Psiqué y le ordenó dormir en el suelo, mientras
ella se tendía en su lecho blando y perfumado.
Si
la podía obligar por largo tiempo a un trabajo duro y
penoso, e incluso hacerle pasar hambre, la belleza odiosa de esta
muchacha no lo podría resistir. Entretanto,
impediría que su hijo abandonara la habitación
donde todavía se encontraba, sufriendo a causa de su herida.
Venus se sentía satisfecha por el cariz que tomaban los
acontecimientos
A
la mañana siguiente se le ocurrió un nuevo
trabajo para Psiqué, una faena peligrosa. "Abajo, en la
orilla del río, donde crecen unos espesos zarzales, se
encuentran corderos que tienen el vellocino de oro. Ve y
traéme un poco de su brillante lana". Cuando la joven,
extenuada, llegó junto a la corriente de agua,
intentó lanzarse en ella y terminar asi sus penas. Pero al
inclinarse oyó una debil voz que parecía salir
del suelo. Bajó los ojos y notó que la voz
provenía del rosal. Le decían que no
debía ahogarse, pues las cosas no se le presentaban mal. Los
corderos estaban muy nerviosos y alborotados, pero si Psiqué
esperaba un momento en que por la tarde salían de sus
rediles para descansar y abrevar a la orilla del riachuelo, solo
tendría que entrar en los corrales y recoger los copos de
lana enganchados en las zarzas.
Así
habló el dulce y gentil rosal, y Psiqué siguiendo
su consejo recogió gran cantidad de hilos de oro para su
cruel dueña. Venus la recibió con helada sonrisa.
"Alguien te ha ayudado -le increpó bruscamente- tu sola no
lo habrías podido realizar. Te voy a dar otra
ocasión de probar que tienes el corazón tan
decidido como aparentas. ¿Ves aquella agua tan negra que
desciende de la colina? Es el nacimiento del río terrible y
aborrecido, el Estige. Llena este frasco". Era la prueba más
dura que le habían impuesto. Psiqué se dio cuenta
al llegar a la cascada. Las rocas que la rodeaban eran escarpadas y
deslizantes; el agua se precipitaba por lugares tan abruptos que solo
una criatura alada podía aproximarse. Y efectivamente, un
águila la ayudó. Planeaba con sus enormes alas
por los alrededores cuando vio a Psiqué y se
compadeció de ella. Con su pico le arrebató el
frasco de sus manos, lo llenó de agua negra y se lo
devolvio.
Pero
Venus se dio cuenta. Todo lo que ocurría la incitaba a
pruebas más difíciles. dio una caja a
Psiqué con la consigna de llevarla al hades y rogar a
Proserpina, reina del mundo subterraneo, que metiera en ella un poco de
su belleza. Psiqué debía insistir sin desmayos y
hacer comprender a Proserpina que Venus padecía necesidad
urgente, pues estaba ajada y agotada de atender a su hijo enfermo.
Obediente como siempre, Psiqué se fue a buscar el camino que
conducía al Hades. Cuando pasaba ante una torre,
ésta se ofreció a guiarla y le
señaló el rumbo que la llevaría al
palacio de Proserpina: debía pasar primero por un gran
agujero que había en tierra y después por el
río de la muerte donde debía entregar una moneda
al barquero Caronte para que la transportara a la otra orilla.
Allí el camino descendía recto al palacio.
Cancerbero, el perro de tres cabezas, guardaba las puertas, pero si
ella le ofrecía un dulce se amansaría y le
permitiría entrar.
Todo
ocurrió como la torre anunció. Proserpina no
deseaba más que servir a Venus; Psiqué, muy
animada, tomó la caja y volvio más rapida que
había ido.
Llevada
por la curiosidad, y más todavia por su vanidad, quiso ver
el encanto que la caja contenía y, a poder ser, usar un poco
en ella misma. Al igual que Venus, sabía que su belleza
estaba resentida por los sufrimientos y no le abandonaba un instante la
idea de recobrar a Cupido. ¡Ojalá otra vez pudiera
volverse mas bella para él! Incapaz de resistir la
tentación, abrió la caja y con gran desencanto no
encontró nada; estaba vacía. Entonces un
decaimiento mortal se apoderó de ella y cayó en
un profundo sueño.
En
este crítico momento intervino el dios del Amor. La herida
de Cupido ya había curado y deseaba ardientemente encontrar
de nuevo a Psiqué.
Es dificil contener el amor. Venus
había cerrado las puertas, pero quedaban las ventanas. Nada
más fácil para Cupido que escapar por una de
ellas y buscar a su esposa. En un momento arrancó el
sueño de los ojos de Psiqué y lo
encerró en la caja. Después despertó a
su mujer con un beso. La riñó un poco por su
curiosidad, le dijo que llevara a su madre la caja de Proserpina y le
aseguró que todo en adelante tendría un feliz
desenlace.
Mientras
Psiqué se apresuraba a obedecer, el dios del Amor se
marchó al Olimpo. Quería asegurarse de que Venus
no le pondría mas dificultades y planteó el caso
ante Jupiter. El padre de los dioses y de los hombres
consintió enseguida en todo lo que Cupido le pedia.
Convocó a los dioses y les anunció (a Venus y a
los demas) que Cupido y Psiqué estaban oficialmente casados
y propuso conceder la inmortalidad a la esposa. Mercurio
elevó a Psiqué hasta el cielo y la
depositó en el palacio de los dioses. El mismo Jupiter le
hizo gustar la ambrosía que le otorgaba la inmortalidad.
Esto, naturalmente, cambiaba la situacion. Venus no podía ya
censurar a la diosa que había llegado a ser su bella nuera.
Se imponía una alianza y así penso que
Psiqué, viviendo en el cielo con su marido, le
faltaría tiempo para bajar a la tierra, acaparar la
atención de los hombre e inmiscuirse en su culto.
Todo
terminó felizmente. El Amor y el Alma (que es lo que
significa Psiqué en griego) se buscaron y tras duras pruebas
se encontraron. Y esta unión no debía romperse
jamás.
Artículo desarrollado por Caro, basado
en la obra de Edith Hamilton: La Mitologia