Minos,
rey de Creta, decide encarcelar a Dédalo junto a su hijo
Ícaro en el laberinto que el propio Dédalo había construido a petición
del rey para encerrar al Minotauro. Minos acusaba al arquitecto de
haber revelado a Ariadna el secreto
para salir del laberinto, el ovillo de hilo que la muchacha entregó a
Teseo. Dédalo e Ícaro consiguen escapar del laberinto, pero era
imposible salir de la isla: todos los barcos eran inspeccionados
cuidadosamente. Lo único que no podía controlar el rey era el aire.

Para poder escapar de Creta, Dédalo construye unas alas,
para él y su hijo, compuestas de plumas de pájaros unidas con hilo y
cera. Antes de que iniciaran el vuelo, Dédalo advirtió a su imprudente
hijo, que no volase demasiado bajo ya que podría mojar las alas y sería
dificultoso volar. Tampoco podía volar demasiado alto ya que el sol
derretiría la cera y eso provocaría la destrucción de las alas.
Dédalo iba delante. Ícaro lo seguía, fascinado por la belleza del
cielo, y se fue aproximando poco a poco al sol, lo que hizo que se
derritiera la cera de sus alas y cayera al mar.
Cuando Dédalo miró hacia atrás y sólo vio lo que quedaba del par de
alas, estuvo buscándolo pero jamás lo encontró. Desde entonces ese mar
se conoce como Icario.
Maria del Carmen Ortega Lastra, alumna de 1º B
Lee también esta otra versión del mito:
La ambición es parte de la naturaleza humana y no hay nada más humano
que los protagonistas de la mitología griega, no por nada los griegos
crearon a sus dioses a su imagen y semejanza. El mito de Ícaro
representa esta característica humana de desear lo inalcanzable y
perecer en el intento.
Ícaro era hijo de Dédalo, el constructor del laberinto de Creta que
albergaba al Minotauro. Luego de la construcción, fue encarcelado junto
a su hijo en una torre por el rey Minos. Dédalo logró escapar pero no
podía abandonar la isla por mar, ya que el rey controlaba todo lo que
salía y entraba. Entonces comenzó a fabricar alas para él y su hijo
Ícaro, ya que el aire era lo único que no vigilaba el rey. Enlazó
plumas entre sí, asegurando las más grandes con hilo y las más pequeñas
con cera, y le dio al conjunto la suave curvatura de las alas de un
pájaro. Ícaro quería ayudarlo, recogiendo plumas del suelo y tomando
cera para trabajarlas con sus dedos, entorpeciendo sin querer la labor
de su padre.
Cuando todo estaba listo, Dédalo probó sus alas y saboreó la libertad
junto al éxito de su trabajo. Entonces, equipó a su hijo de la misma
manera y le enseñó a volar, advirtiéndole que no volase ni muy bajo, ni
muy alto. “Si vuelas muy bajo, la humedad y el vapor del agua empaparán
las plumas, éstas serán muy pesadas y caerás al mar. Y si vuelas muy
alto, el calor del sol derretirá la cera, se desprenderán las plumas y
también caerás al mar”, le dijo, y así, padre e hijo echaron a volar.

Pero Ícaro pronto se entregó al placer del vuelo con entusiasmo y
comenzó a ascender como si quisiese llegar al paraíso. El ardiente sol
ablandó la cera que mantenía unidas las plumas y éstas se despegaron.
Ícaro agitó sus brazos, pero no quedaban suficientes plumas para
sostenerlo en el aire y cayó al mar. Cuando Dédalo miró atrás, no
encontró a su hijo, pero vio dos alas que flotaban en el mar y
sobrevoló el lugar infinitas veces tratando de encontrar el cuerpo de
su hijo.
Dédalo se lamentó amargamente sus artes y en memoria de su hijo, llamó
“Icaria” a la tierra cercana al lugar del mar en el que Ícaro había
caído. Dédalo llegó sano y salvo a Sicilia bajo el cuidado del rey
Cócalo, donde construyó un templo a Apolo en el que colgó sus alas como
ofrenda al dios.
La caída de Ícaro refleja un intento de libertad que supera la
condición humana. El joven inexperto se deja llevar por su ambición,
ignorando la sabiduría de su padre, y no puede distinguir el peligro
que lo acecha, pereciendo en el camino.
Fuente:
http://sobreleyendas.com/
Otros artículos de
Anabella
Squiripa sobre mitología.