Dríope e
Iole
eran hermanas. La primera era esposa de Andraemón y ambos se amaban y
eran felices tras el nacimiento de su primer hijo. Un día las dos
hermanas paseaban junto a un río cuyas orillas cubiertas de mirtos
descendían suavemente hasta el borde del agua. Tenían la intención de
coger flores con las que ensartar guirnaldas para el altar de las
ninfas. Dríope llevaba a su hijo en brazos y le amamantaba mientras

caminaba. Junto al agua crecía una planta de loto llena de flores purpúreas.
Dríope
cogió algunas y se las dio al niño; Iole iba a hacer lo mismo cuando
vio cómo manaba sangre del tallo allí donde habían sido arrancadas las
flores. La planta no era otra que la ninfa
Lotis
quien, huyendo de un odioso perseguidor, había asumido esta forma
vegetal para esconderse. Esto lo supieron ellas por la gente del pueblo
cuando ya era demasiado tarde.
Dríope, horrorizada por lo que había hecho, quiso
huir del lugar pero notó que sus pies se agarraban al suelo. Trató de
arrancarse de allí, pero no pudo mover más que las extremidades
superiores. La madera iba subiendo por sus piernas y gradualmente
invadía todo su cuerpo. Desesperada, hizo ademán de tirarse del pelo
pero vio con horror que las manos se le habían llenado de hojas. El
niño lloró al notar que el pecho de su madre se endurecía y que la
leche cesaba de fluir. Iole asistía a la triste suerte de su hermana
sin poder hacer nada por ayudarla y se abrazaba al creciente tronco
como si pudiera detener con ello el avance de la madera o conseguir
que, al menos, la corteza envolviera a las dos. En ese momento llegaron
el esposo y el padre de Dríope preguntando por ella; Iole tan sólo
señaló el recién formado loto. Ellos se abrazaron al tronco del árbol,
que aún conservaba el calor de la carne, y cubrieron de besos sus
hojas.

Ya no quedaba de Dríope más que la cara y por ella
corrían abundantes lágrimas. Mientras aún pudo hablar dijo:
«No
soy culpable. No merezco este destino. Yo no he hecho daño a nadie; que
mi follaje muera de sed y mi tronco sea cortado y quemado si miento.
Entregad el niño a una nodriza y decidle que lo traiga a menudo y lo
amamante bajo mis ramas, dejadle jugar a mi sombra, y

cuando tenga edad de hablar, enseñadle a llamarme madre y a decir con
tristeza: "Bajo esa corteza yace oculta mi madre." Rogadle que tenga
cuidado con las orillas del río y con las flores que arranque;
recordadle que cada arbusto puede ser una diosa disfrazada. Adiós,
esposo amado, y hermana, y padre. Si aún me amáis, no permitáis que el
hacha me hiera ni que los rebaños muerdan y desgajen mis ramas. Ya no
puedo moverme, pero subid vosotros hasta aquí y besadme ahora que aún
siento los labios. Acercadme a mi hijo para que lo bese. No puedo
hablar más, la corteza avanza sobre mi garganta, pronto me habrá
cubierto del todo. No es necesario que me cerréis los ojos, la corteza
se encargará de cerrármelos.
»
Los labios dejaron de moverse y su vida se
extinguió. Pero, durante algún tiempo las ramas conservaron el calor de
su cuerpo.
Fuente: La edad de oro del mito y la leyenda, de Thomas Bulfinch (1796-1867). Traducción de Soledad Arce. Págs. 87-88. Madrid, 1995
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