Eco
era una hermosa ninfa, que vivía en los bosques donde disfrutaba
con un sin fin de juegos. Ayudaba a Diana en la caza y era una de sus
favoritas. A pesar de ser tan hermosa tenia un defecto, pues era
charlatana y siempre tenia que tener la ultima palabra ya sea

conversando o discutiendo. Un día Juno fue a buscar a su marido porque
sospechaba que se estaba divirtiendo con las ninfas, y Eco la
entretuvo para que las ninfas escaparan. Pronto Juno descubrió la
trampa y sentenció a Eco con estas palabras: «Perderás el
habla, pero podrás tener la ultima palabra para contestar, pero nunca
la primera».
En una ocasión Eco vio a Narciso,
un hermoso joven
y se enamoró de él, deseaba hablarle pero no podía hacerlo
debido a la maldición que le perseguiría el resto de sus
días; debía esperar pacientemente a que él hablara. Un día
tuvo suerte, y él, perdido, gritó: «¿Hay alguien aquí?» Y Eco contesto
«¡Aquí...!» Narciso miró a su alrededor pero no vio a nadie y gritó:
«¡Ven...!» y Eco respondió: «¡Ven...!» Eco corrió hacia él
dispuesta a abrazarle y Narciso la rechazó y exclamó: « ¡Suéltame! ¡Me
moriría si me abrazaras...!» La pobre Eco lo único que pudo decir fue:
«Si me abrazaras...» Él se marcho y ella corrió a ocultarse
en el bosque, y habitó en cavernas y acantilados; su carne se
marchitó de pena, sus huesos se conviertieron en rocas y sólo quedó su
voz. Desde entonces mantiene la costumbre de contestar con la última
palabra que ha oído.
No era la primera vez que Narciso
rechazaba a
alguien, pues ya lo había hecho con algunas ninfas que le
habían mostrado su amor. Una de ellas, despechada, expresó su
deseo de que él tuviera la misma experiencia. La
diosa de la venganza escuchó sus ruegos e hizo que
se hicieran realidad sus deseos.
Un día Narciso, sediento, se paró en una fuente
para beber y
vio su propia imagen reflejada en el agua y se enamoró de tan bello
rostro; se acercó para besar

aquellos
hermosos labios, pero era inútil,
ya que, cada vez que intentaba tocarla, la imagen
desaparecía. Narciso no podía moverse de allí, se olvidó de comer y de
dormir. Hablaba con el supuesto espíritu y exclamaba: «¿Por qué
me esquivas?... Las ninfas me aman y creo que no te soy
indiferente.» Cuando sus lágrimas enturbiaban el agua, al ver
que se iba, exclamaba: «¡No te vayas, por favor! ¡Quédate!» Con el
tiempo fue perdiendo la belleza, el color y el vigor que habían
enamorado a todas las ninfas y, consumido por la pena y la falta de
alimento, murió.
Cuando las ninfas que lo lloraron fueron a poner
su cuerpo en la pira,
no lo hallaron. En su lugar había nacido una flor, púrpura por dentro y
rodeada de pétalos blancos, que perpetúa el nombre de Narciso.
Amari
Ahjab. 1º Bach. - A