No
muy lejos del tranquilo reino de Somnus y Mors, pero sobre la
superficie de la Tierra, se encontraban las islas Eolias, ahora
conocidas como las islas Lípari, donde
Eolo, dios de la tormenta y el
viento, gobernaba sobre una muy ingobernable y turbulenta población.

Se dice que había recibido su dignidad real de las bellas manos de
Juno
y que por tanto tenía una predisposición

especial a obedecer sus
órdenes. También se dice que se desposó con
Aurora, o
Eos, la cual le
dio seis hijos: Bóreas, el viento del Norte;
Cauro, el viento del
Noroeste;
Aquilo, el viento del Oeste;
Noto, el viento del Sudoeste;
Euro, el viento del Este; y finalmente,
Céfiro, el gentil y adorable
viento del Sur, cuya misión era la de anunciar a los mortales la vuelta
de la siempre bienvenida primavera.
Los cinco hijos mayores eran de una condición ruidosa, errante,
maliciosa y turbulenta, y la paz y la tranquilidad eran virtualmente
imposibles para ellos. Para prevenir que causaran serios desastres, los
gobernó con mano muy dura, manteniéndolos recluidos en una gran cueva y
dejándolos salir sólo de uno en uno, para que desentumecieran sus
miembros y se ejercitaran un poco.
Aunque eran ciertamente ingobernables, los vientos siempre obedecían la
voz de su padre, y a sus órdenes, aunque reacios, regresaban siempre a
su tenebrosa prisión, donde disipaban su rabia impotente intentando
sacudir sus poderosas paredes.
De acuerdo con su propio humor, o conforme con las peticiones de los
dioses, Eolo mandaba o bien los vientos más suaves para que
revolotearan alrededor de las flores, o bien liberaba a sus hijos más
fieros, con órdenes de que elevaran las olas hasta la altura de las
montañas, las convirtieran en espuma, rasgaran las velas de todas las
embarcaciones en el mar, rompieran sus mástiles, arrancaran los árboles
de raíz, destrozaran los tejados de las casas; en resumen, que causaran
todo el daño que les fuera posible.
Eolo, rey de los vientos, compartía con
Dédalo el honor de inventar las
velas que impulsaban los barcos tan velozmente sobre el agua. También
fue él, según
Hornero, el que dejó a todos sus hijos, excepto a uno,
atados en una bolsa de cuero, la cual dio a
Ulises cuando éste visitó
Eolia.

Gracias a este regalo, Ulises llegó hasta las costas de Ítaca, y
hubiera desembarcado sano y salvo si sus hombres no hubieran desatado
el saco para averiguar su contenido, liberando así los furiosos
vientos, que levantaron la más terrible tempestad en los anales de la
mitología.
Los antiguos, y especialmente los atenienses, prestaron una particular
atención a los vientos, a los que dedicaron un templo que aún existe, y
que es conocido como la
Torre de los Vientos. Este templo es hexagonal,
y a cada lado hay una figura volante de cada uno de los vientos.
Euro, el viento del Este, era descrito generalmente como "un hombre
joven que volaba con gran impetuosidad, dotado de un carácter festivo y
travieso". Notos, o
Austro, el viento del Sudoeste, "aparecía
generalmente como un hombre viejo, de pelo gris, lúgubre semblante, la
cabeza cubierta de nubes, vestiduras negras y alas oscuras", pues se le
consideraba el proveedor de la lluvia y de todos los chubascos
repentinos y

torrenciales.
Céfiro, suave y gentil, tenía el regazo
lleno de flores, y, de acuerdo con la creencia ateniense, estaba casado
con
Flora, con la que era completamente feliz, y a cambio visitaba
todas las naciones.
Cauro, el viento del Noroeste, conducía las nubes
de nieve ante él; mientras,
Aquilo, terrible en apariencia, provocaba
estremecimientos con su mera visión.
Bóreas, tosco y también estremecedor, era el padre de la lluvia, la nieve, el granizo y las
tempestades, y se le representaba por tanto con un velo de nubes
impenetrables. Su lugar predilecto eran las Montañas Hiperbóreas, desde
donde hacía incursiones salvajes. Durante una de estas excursiones se
llevó a la fuerza a
Orintia, la cual siempre huía cuando él se
aproximaba. Sin embargo, su velocidad no pudo salvarla esta vez: fue
alcanzada y llevada hasta las inaccesibles regiones de hielo y nieve,
donde la retuvo y la convirtió en su esposa. La pareja tuvo dos hijos,
Zetes y Calais -los cuales tomaron parte de la expedición de los
argonautas y ahuyentaron a las Arpías-, y dos hijas, Cleopatra y
Quione.
En otra ocasión, Bóreas, habiéndose transformado en un caballo para
unirse a las yeguas de Dardano, rey de Troya, se convirtió en el padre
de doce corceles tan veloces que nunca pudieron ser alcanzados por
nadie.
Texto tomado de
Grecia y Roma, de H. A. Guerber (1907), traducción de Seuk Kwon. M. E. Editores, S. L. Madrid, 1995