Febo,
dios del sol, estaba encargado de dar luz y calor a la Tierra.
Sobre su carro esplendente- tirado por caballos indómitos
que sólo obedecían a su auriga-
recorría diariamente la amplia ruta del espacio. Los rayos
ardientes del carro pasaban a una justa distancia de la superficie de
la tierra. El curso era regular, de oriente a occidente, y la luz y el
calor, nunca excesivos, maduraban las mieses y hacían
felices a los hombres. Entre éstos vivía entonces
Faetón, gallardo hijo de Febo y su esposa Climena, cuyo
corazón rebosaba de orgullo cuando veía pasar en
lo alto el espléndido carro de su padre. Éste no
podía detenerse nunca para hacer una caricia a su hijo; ni
siquiera una mirada podía dirigirle, ocupado siempre en
conducir sus indómitos corceles.
Faetón no se consolaba de esta falta de
consideración de su padre. En más de una
ocasión fue ridiculizado por los hombres, quienes
sospechaban que la paternidad de Febo era pura fábula y
mentira. Para demostrar al mundo que él era, efectivamente,
hijo del dios del sol, el joven se presentó a
éste, en su morada celestial.
Febo recibió a su hijo en su sala esplendente, sentado en su
trono de luz, acompañado de las cuatro Estaciones y
circundado por las veinticuatro doncellas de las Horas.

-¿Qué ocurre, hijo?- preguntó el dios
a Faetón- ¿Qué pena te apesadumbra?
¿Qué te falta allá, sobre la Tierra?
-Padre mío: tu indiferencia hacia mí cuando
pasas, guiando tus corceles por la ruta del cielo, hace pensar a los
hombres que no es cierto que soy hijo tuyo. Necesito demostrarles que
están en un error. A decir verdad, yo mismo dudo a veces de
que seas realmente mi padre.
-¡No lo dudes, Faetón! Tú eres hijo
mío, te lo aseguro. Para darte una prueba de ello, prometo
concederte el don que me pidas.
-¿Cualquiera que sea mi deseo?
- Cualquier deseo tuyo será satisfecho, hijo mío;
habla.
- Pues bien, quiero ver lo que ningún ojo humano ha visto
hasta ahora: la esfera de cristal del Universo desde la ruta que
recorres diariamente en la bóveda del cielo. Quiero subir
sobre tu carro de luz y guiar un día entero tus veloces
caballos.
Al oír tales palabras, Febo se arrepintió de
haber prometido que iba a acceder a cualquier petición de su
hijo. No podía permitir que éste corriera el
riesgo de una catástrofe, provocando un desastre irreparable.
-Hijo mío-exclamó el dios en tono persuasivo-: no
tienes idea de lo que significa regir esos corceles para que no se
aparten de la ruta fijada. Son caballos indómitos, que
sólo la mano de un dios puede sujetar.
Faetón meneó la cabeza. Quería
significar que ninguna razón podía apartarlo de
su propósito. Debía concedérsele lo
prometido.
-¿No comprendes, hijo, que un solo momento de descuido, un
instante de debilidad, hará que el carro se
desvíe de la ruta? Un pequeño alejamiento de la
Tierra provocaría la muerte de todos los seres vivos por
falta de calor; una pequeña aproximación
secaría los arroyos, los ríos, los mares y todas
las fuentes quedan vida a las plantas, a los animales y a los hombres.
Ni los argumentos ni el tono doliente y persuasivo de Febo conmovieron
al terco joven.
-Quiero demostrar a los hombres que soy digno hijo del dios del sol.
Estoy seguro deque guiaré con firmeza tus caballos.
Agotados todos los argumentos, Febo recurrió a los ruegos y
súplicas; pero Faetón mantuvo firmemente su
decisión. La promesa debía ser cumplida.
A la hora señalada por Zeus desde los tiempos más
remotos, el carro del sol estaba listo para emprender la diaria carrera
por el firmamento. En el momento en que el joven
empuñó las riendas, Febo, temeroso de lo que
pudiera hacer su hijo, le hizo las últimas recomendaciones.
-Espero que Zeus te dé fuerzas para mantener sujetos a los
caballos durante la jornada entera. No descuides ni un instante las
riendas. No te distraigas y, sobre todo, no trates de mirar hacia abajo.
Faetón ardía de impaciencia. Con las riendas en
su puño firme, esperaba el minuto preciso del comienzo de la
carrera. Estaba seguro de que el éxito coronaría
felizmente su audaz empresa, logrando así la
consideración y el respeto que le negaban los hombres.
Al comienzo, la carrera se desarrolló normalmente.
Parecía que los caballos no habían advertido el
cambio de auriga. El carro refulgente hora daba las sombras, y los
caballos seguían la ruta acostumbrada.

"Ahora se despiertan los pájaros en sus nidos. A mi paso me
saludan las aves con sus cantos. Todos los elementos de la tierra
elevan hacia mí himnos de gracia. Ellos no saben, ni pueden
imaginarse, que no es Febo el que guía hoy el carro del sol".
Así iba pensando Faetón mientras los corceles,
regidos por las riendas tensas, seguían por la ruta del
cielo. El joven se imaginaba el espectáculo que a su paso se
desarrollaba sobre la Tierra, cintas de ríos y arroyos
centelleantes, brillo de olas marinas, verde de praderas inmensas,
juego de nubes y trabajo fecundo de hombres laboriosos.
¡Qué hermoso debía ser ese
espectáculo visto desde las alturas! Y en un momento de
debilidad, en un instante de olvido de las recomendaciones paternas, el
inexperto auriga dirigió la mirada hacia abajo. Fue un
momento, más breve que el zigzaguear de un
relámpago. Una de las riendas quedó floja; uno de
los corceles lo advirtió y se separó
lateralmente; los otros fueron atraídos por el primero, y el
carro se desvió de la ruta.
Faetón quiso enderezar el curso para tomar el rumbo cierto,
pero sus brazos no tuvieron fuerza suficiente para ello. Los corceles
siguieron apartándose, indóciles al
puño que los regía.
Cuando el carro del sol se acercó a la Tierra, vastas
regiones ardieron de súbito. Campos y ciudades fueron presa
de las llamas, y en poco tiempo, cultivos, arboledas, aldeas y urbes se
transformaron en ceniza. Grandes humaredas se elevaron al cielo, y
Faetón se desesperaba al comprobar la inutilidad de sus
esfuerzos. Aferrado a las riendas, veía con espanto que los
caballos se alejaban ahora de la tierra. Un frío intenso
sembró la muerte sobre vastas regiones. Ni plantas ni
animales sobrevivieron en ellas. Los hombres corrían
despavoridos en busca de los rayos del sol, pero éstos eran
tan débiles por su lejanía, que el calor era
insuficiente para mantener la vida.
Cuando Zeus, advertido del curso irregular del carro del sol, vio desde
su trono que era una mano inexperta la que empuñaba las
riendas, tomó uno de sus rayos y lo lanzó al
espacio.
El rayo golpeó en pleno pecho al audaz auriga, y
éste soltó las riendas y se precipitó
en el vacío. El carro del sol se detuvo un momento, y Febo
volvió a ocupar supuesto. Todo volvió a su
quicio, la vida de la Tierra retomó su curso normal, y el
desastre ocurrido asumió el carácter de un
incidente pasajero. Pero en el país de Faetón
persistió el recuerdo de su audaz empresa.