Pigmalión era un antiguo rey y
sacerdote de Chipre que además era un excelente escultor de
figuras, y se dice que su habilidad técnica superaba a la
del mismo Dédalo, el constructor del laberinto. En su puesto
de rey, se distinguía por su bondad y justicia al gobernar.

Pigmalión estaba cansado de buscar una mujer
perfecta que en
la realidad no existía, así que
desistió de su búsqueda y decidió que
no contraería matrimonio sino que se dedicaría a
esculpir las más maravillosas estatuas, así que
entregó por completo su tiempo y dedicación a
esculpir una estatua que representase una hermosa mujer, la mujer
perfecta que él había estado buscando.
El rey culminó entonces su más bella obra: una
joven y hermosa mujer a la que puso por nombre Galatea y de la cual se
enamoró perdida e irrevocablemente. Incluso, mediante la
intervención de la diosa Afrodita soñó
que la estatua cobraba vida.
Pigmalión, desesperado y sin consuelo,
elevó sus
oraciones a la diosa del amor, quien, tras escuchar su
súplica, conmovida, decidió ceder al fin a las
peticiones del rey.
Entonces, cuando Pigmalión se acercó a
acariciar
a su marmórea Galatea, se dio cuenta de que su frialdad se
había convertido en calor, su duro corazón de
mármol latía acompasadamente, había
pulso en sus venas, y el tacto rugoso de la piel se había
vuelto suave.
Pigmalión se llenó de una gran
felicidad, y al
mismo tiempo tristeza y miedo, pues creyó que estaba
empezando a enloquecer por su amor hacia la figura de piedra. Pero la
Diosa Afrodita se le apareció para disipar sus dudas, y dijo
al rey: "Mereces la felicidad a la que tú has dado forma.
Aquí tienes a la reina que siempre has buscado.
Ámala por siempre y hazla sentirse dichosa y
querida". Así fue como Galatea, cobró
vida y Pigmalión, viendo su sueño convertido en
real, la amó y protegió hasta el fin de sus
días.